Nuestros intentos de encontrar una solución civilizada a este conflicto han caído en oídos sordos, la sed de sangre ha cegado a los dos bandos, que se acusan mutuamente de incontables crímenes a la vez que irónicamente los cometen. Por si fuera poco cada vez que hemos dado con un alto cargo de Zeta Reticuli dispuesto a negociar un compañero suyo ha caído a manos de los alegres muchachos de Patrick Von Steiner. Así no hay manera. Los supuestos protectores de la humanidad han saboteado todos los conatos de diálogo, sólo quieren destruir al adversario y están dispuestos a sacrificarnos a todos con tal de conseguirlo. Hay que entender dentro de este contexto la infantil pataleta de Carman Corrigan, que no deja de ser una advenediza. Su aportación a la presente batalla ha sido el desencadenante final de la guerra abierta que sacude el mundo en estos momentos. Todos se han sumado a la refriega, desde Lionel y sus colegas de Agartha hasta las criaturas extradimensionales y refuerzos de los Grises, mercenarios metálicos de formas exóticas.
Me niego a seguir contando esta oda a la estulticia en la que se ha convertido la batalla por el Nuevo Mundo, prefiero dedicar mi tiempo a evitar que se consume la extinción de la humanidad, que ha sido mi única meta desde el principio. Afortunadamente Sir Edward Holst causó una impresión grata en Zeta Reticuli que bien podría ser nuestra tabla de salvación. Hablando de mi hermano, está en una instalación médica curándose de sus heridas, en coma reversible. NO creo que llegue a presenciar el final de esta tragedia. Abandono una vez más este blog insatisfecho por mi paso, en el que no podido encauzar hacia fines más constructivos a los salvajes que forman la Resistencia. No acompaño esta entrada con imágenes ni narración de las atrocidades que se están cometiendo como forma de protesta. Estoy muy harto de los adictos a la violencia descerebrada, sus gestas han resultado ser cualquier cosa excepto actos desinteresados por el bien común. Sólo espero que acabe pronto este suplicio y quede vivo alguien para contarlo.
Se despide un decepcionado Gustav Holst